Por Casey Adams
Herb Augustine observa fijamente la «roach» —un adorno que los bailarines llevan en la cabeza durante los powwows— que tiene en la mano. La hace rebotar ligeramente con la muñeca y observa cómo el pelo de puercoespín, de casi 25 centímetros, se agita con vida, ondulando desde la coronilla hasta la cola.
Su mirada lo dice todo. Herb se enorgullece enormemente de hacer muy bien su trabajo, pero es humilde y un poco tímido. No es de los que se apresuran a revelar que sus pipas son reconocidas en los circuitos internacionales de powwows y tienen una gran demanda. En cambio, se mantiene enfocado en su oficio y en lo que él considera un trabajo importante en nombre del pueblo arapaho y de su familia.

“Creo que los jóvenes debemos asumir la responsabilidad de aprender todas esas [habilidades] para poder enseñárselas a los más jóvenes y que así puedan transmitirse de generación en generación… Si no enseñamos estas cosas, se perderán, no perdurarán”, explica Herb.
Con cada porro que Herb se lía, está dando un nuevo impulso a la preservación de la cultura arapaho. Él mismo lo ve con sus propios ojos.
“En realidad, para mí, estas piezas cobran vida. Esta ya tiene vida”, dijo refiriéndose a una cucaracha a medio terminar. “No sé cómo explicarlo, es extraño, pero esa es mi convicción”, añadió, mientras observaba la obra de arte que reflejaba y amplificaba sus suaves movimientos.

Herb también admite, con una sonrisa, que sus motivaciones surgieron de deseos más infantiles, hace mucho más de cuatro años, cuando empezó a fabricar porros.
“Cuando era pequeño, quería muchas cosas que no podía tener”, dijo. Explicó que la competencia entre los bailarines es muy dura en los powwows, y que siempre veía a algunos bailarines con atuendos exquisitos, desde los bordados de cuentas de sus mocasines hasta los adornos que llevaban en la cabeza. “Yo no tenía nada de eso”.”
Si se combina ese anhelo infantil con el sentido del deber que desarrolló más tarde, y se le añade ambición y curiosidad, el resultado es un maestro artesano, aunque él intente restarle importancia a la etiqueta que le han puesto los demás.
“Siempre me ha caracterizado mi ambición por probar cosas nuevas, mi curiosidad y mis ganas. Siempre he querido hacer algo así”, explica.

Así que, hace cuatro años, su padre le construyó un telar. Hoy, está sobre la mesa de la cocina junto con bocadillos, sal y pimienta, y los muchos componentes de su oficio. El telar está decorado con dibujos de su hija, con sus iniciales escritas a mano con marcadores Crayola. La cucaracha que sostiene en la mano, la que cobró vida hace unos momentos, es para su hijo mayor. Sus hijos no envidiarán las vestimentas de los demás en los powwows, pero tampoco aprenderán de él a presumir.
“Me enorgullece ser arapaho. Y trato de ser respetuoso con las tradiciones. Trato de ser humilde. Eso es lo que quiero enseñarles a mis hijos”. Herb añadió con una sonrisa que sus hijos ganan mucho en los powwows, lo cual, por supuesto, llena de alegría a un padre. Sin embargo, su principal prioridad es enseñarles a anteponer la diversión y a mantener los pies en la tierra.
Herb considera que sus cucarachas son un medio para impartir lecciones como esta a los miembros más jóvenes de su familia y de su tribu. Imparte clases de cultura en la Escuela Secundaria de Wyoming sobre el Wind River Indian Reservation. Como fabricante de pipas de marihuana, baterista y miembro de los Eagle Spirit Singers y del grupo de percusión White Bull, tiene mucho que enseñar.
Herb sostiene un ovillo grande de lana.
“Así es como empieza todo”, dice con una sonrisa irónica, antes de explicar los procesos de enrollado, trenzado y cosido que se llevan a cabo para fabricar la base. Más tarde muestra una foto de todo el pelo de puercoespín que ha clasificado por longitud y ordenado según el orden en que se colocará en la «roach». Dos cajas de zapatos llenas de pelo descansan sobre la mesa junto a la «roach», algunas ya clasificadas para los pedidos que no dejan de llegar.
El meticuloso trabajo de trenzar y coser hileras de hilo, luego hileras de mechones de pelo, y finalmente añadir las púas erguidas es una tarea titánica. Lo que distingue a Herb —la razón por la que existe una marca popular llamada “Herb Roaches” entre los bailarines— es el cuidado que pone en cada paso. Las líneas, los colores, las puntadas y los nudos se alinean de manera uniforme y hermosa. Y luego está el pelo de puercoespín. Es alto, grueso, tiene bordes uniformes que se mueven con fluidez. Es exquisito, y el tiempo y el orgullo que se le dedican son evidentes.
“Hagas lo que hagas, debes rezar mientras lo haces o sentirte bien mientras lo haces”, señaló Herb. Antes le llevaba más de un mes terminar un porro como este, pero ahora puede terminarlo en una semana. Sin embargo, sigue teniendo pedidos atrasados.
Todo el mundo quiere a un Herb Roach.
“Supongo que así es como los llaman, Herb Roach… Muchos de los mejores bailarines llevan los míos, y muchos los quieren. Así es como se me sube a la cabeza”, dice riendo.
Aunque Herb dice que no hay mejor sensación en el mundo que reconocer a uno de sus «roaches» en un powwow en Denver o Albuquerque, prefiere mantenerse al margen del centro de atención. Deja que sean sus «roaches» y sus bailarines quienes brillen en el círculo del powwow y más allá.
“Es un don. Sinceramente, creo que Dios, el Creador, elige a ciertas personas para hacer ciertas cosas, y quizá esto sea lo que él ha elegido que yo haga”, reflexiona mientras sacude por última vez la cucaracha que tiene en la mano y le devuelve la vida al mundo.

